De qué hablo cuando hablo de caminar. Eduardo Laporte

En pleno auge del ‘running’, optar por el proceso lento y quizá más sabio de la caminata con sentido tiene un punto revolucionariamente místico.

En su día, desprecié desde la superioridad moral a los corredores y atletas, hoy conocidos como ‘runners’. Luego leí ‘¿De qué hablo cuando hablo de correr?’, guiño de Murakami al carveriano ‘¿De qué hablo cuando hablo de amor?’ y dejé de odiarlos. Un corredor es alguien solo frente a los elementos, envuelto en su minimalismo, y eso no es tontería.

Una excompañera de trabajo me dijo que no le gustaba correr porque «se aburría». Me quedé picueto. Correr no deja de ser una actividad zen en la que los pensamientos, ese ruido interno que acumulamos en un mundo lleno de ruido, parecen desintegrarse entre sí como los granos de café en un molinillo, para salud mental nuestra. Murakami me convenció de que correr no era algo alienante cuando decía que en esas salidas se le aclaraba el cerebro y hasta repasaba mentalmente conferencias que daría en universidades serias. Separar el grano de la paja. Por otra parte, el ejercicio nos conecta con nuestro ser humano ancestral, que no era un sedentario porque no se había inventado la red wifi en las cavernas. Moviéndonos somos más nosotros, nuestro yo atávico, que quietos.

Seguir leyendo en Navarra.com de El Español.

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  1. Gracias por compartirlo…

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