Abelgas, la aldea gala de los libros y un faro para los lectores

Que la gente leyera un poco más y viera un poco menos la televisión. Ese era el principal objetivo que se propuso Román Álvarez, catedrático de la Universidad de Salamanca, cuando decidió transformar la antigua panadería familiar de Abelgas, un pueblecito de la montaña leonesa, en una biblioteca para los vecinos. Un proyecto personal y altruista sin más recompensa que los mensajes que dejan los lectores en el libro de visitas.

La chispa surgió hace años, pero el proyecto arrancó en agosto de 2015: «Un día se subió al tejado un rebaño de cabras ―nos cuenta Román― y, claro, acabaron por destrozarlo, aunque el paisaje lo vieron muy bien. Entonces me dije que, ya que estaba tan mal, algo tenía que hacer, y me acordé de que, en los años sesenta, el cura del pueblo había hecho en la iglesia una pequeña biblioteca». Y se puso manos a la obra: él mismo retiró uno a uno los más de ochocientos ladrillos del horno y reconstruyó por completo el edificio, abandonado desde 1958, cuando se cerró la panadería, y del que solo se han conservado las paredes. Reconoce que, en un principio, el pueblo acogió su iniciativa como «una locura», y que prefiere no calcular «los miles de euros» que ha invertido. «La gente me decía que por ese dinero podía haber puesto una casa rural, pero no quería eso».

Román explica que también le animó la tradición lectora que siempre ha tenido Abelgas debido a los larguísimos inviernos, en los que el pueblo podía estar aislado durante días a causa de la nieve. En las casas, «antes de la televisión, lógicamente», algunos leían y otros escuchaban. Inspirado por aquella biblioteca hoy desaparecida, decidió poner a disposición de sus vecinos un espacio con libros.

El propósito fue desde un principio tan encomiable como complicado: «Lo que quería es que la gente viera un poquito menos la televisión y leyera un poquito más ―confiesa Román―. Para mí eso es fundamental. Corren muy malos tiempos para la lectura». Y por eso puso las cosas fáciles: instaló una estufa para calentar la estancia en invierno, repartió llaves entre varios vecinos (no sabe exactamente cuántas hay en circulación) y llenó los estantes con libros de su biblioteca personal, sin apenas aceptar donaciones, ya que la gente se deshace de «los libros que ya no quiere», y muchas veces ofrece «chatarra que no vale para nada». «Quiero cosas útiles», dice. Para terminar, colocó junto a la ventana una lámpara que se ve desde todo el pueblo y que siempre está encendida, día y noche. Un faro para lectores.

No hay límite en «los préstamos», cada vecino puede llevarse los libros «que le dé la gana, veinte, treinta», y si los devuelven, bien; si no, Román no duda en afirmar que le da «exactamente igual». Pero lo curioso es «que todo el mundo los devuelve». «No falta absolutamente nada. No se llevan ni los adornos», asegura.

Seguir leyendo en Cuatro ojos magacín.

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