Alejandro Zenker de Ediciones del Ermitaño y la Librería del Ermitaño en México, un optimista incorregible impulsado por el principio de la esperanza

Me llamo Alejandro Zenker Hackett, mexicano de nacimiento, de padre alemán y madre norteamericana.

Trabajo en Solar, Servicios Editoriales, Ediciones del Ermitaño y la Librería del Ermitañosituados en la colonia San Pedro de los Pinos en la Ciudad de México—, que funcionan desde 1984-1985. La idea de trabajar en esto surgió del deseo de contar con un espacio propio, independiente, en el que pudiera dar rienda suelta a mis diversas pasiones: la pedagogía, la traducción, la literatura, la edición, la gestión cultural y la fotografía.

Mi apuesta profesional es muy diversa y se caracteriza, fundamentalmente, por haber logrado integrar mis pasiones en un solo espacio. Me agrada porque tengo enorme libertad para hacerlo, sin rendir cuentas a nadie, y porque he logrado generar los recursos necesarios para impulsar mis actividades por el gusto de hacerlas. Al menos por temporadas.

Desde pequeño se me dio lo de la escritura. Cuando tenía doce años quería ser escritor. Mi padre, que era encuadernador, me regalaba libretas y libros con páginas en blanco para que me explayara. Luego me consiguió una máquina de escribir mecánica frente a la cual pasaba largas horas tecleando poesía e hilvanando historias. Sin embargo, cuando me fui a estudiar a Alemania se cortó la disciplina al tener que desenvolverme en otra lengua. Seguí escribiendo, pero ya más bien textos vinculados con mis estudios y, más tarde, con mis profesiones. La poesía y la narrativa no se me volvieron a dar.

Cuando me toca explicar a personas que no conozco por qué me gusta mi oficio, les digo que venga a conocer Solar y El Ermitaño. Les doy un paseo por oficinas y talleres. Mientras pasamos por cada una de las áreas, les voy contando qué hacemos y cómo llevamos la palabra del autor al lector. Suelen quedar bien impresionados y convencidos de que no la pasamos tan mal.

Más allá de las apariencias, la realidad de mi día a día en el trabajo es así: mi mujer me despierta temprano y, mientras prepara a la niña y la lleva a la escuela, yo comienzo a revisar y a contestar correos y luego redes sociales. Cuando regresa, se recuesta conmigo y trabajamos juntos, acurrucados, en los pendientes. Generalmente allí nos atrapa el trabajo, y desde nuestros dispositivos móviles atendemos diversos asuntos. Desayunamos, nos bañamos y nos preparamos para aparecer ante el mundo, entre las once y las doce del día. Entonces comienza la interacción con las numerosas personas con las que trabajamos: escritores, editores, libreros, diseñadores, tipógrafos, correctores, traductores, encuadernadores, impresores, académicos, en fin, la fauna típica de nuestro medio. Con cada vez más frecuencia recibimos grupos de entre quince y treinta personas que nos piden un recorrido didáctico por las instalaciones. Nos visitan desde alumnos de maestrías y diplomados, hasta de preescolar. También nos vinculamos con artistas visuales y personajes de la música y el teatro, pues llevamos a cabo muchas actividades culturales en nuestros espacios. Generalmente nos disponemos a comer a eso de las seis de la tarde. Mientras duermo una siesta, ella sigue trabajando con energía desbordante. En la noche me siento a leer y a escribir, generalmente, y a ratos trato de ventilar algunos asuntos que siempre quedan pendientes. A menudo tenemos actividades nocturnas, ya sea en la librería o bien en la Terraza del Ermitaño. Los fines de semana, de igual manera, tenemos talleres, más orientados a las artes y los oficios del libro. Esporádicamente realizo sesiones de fotografía erótica, que es una de mis pasiones que suelo vincular también a mi labor editorial. Y digo “esporádicamente” porque antes solía hacerlo con regularidad un par de veces a la semana, pero el cuerpo y el tiempo ya no me dan.

Siempre suceden cosas raras en nuestro entorno, precisamente por esa combinación de tareas. Uno de mis proyectos fotográficos consiste en retratar escritores acompañados de la desnudez de las modelos. Esa idea transgrede en muchos sentidos lo convencional, de manera que he vivido historias disparatadas dignas de ser relatadas algún día. Algunos escritores ya las han contado en su momento, pero saltándose detalles dignos de pasar a los anales de la literatura.

Entre las cosas penosas, cierta vez sufrí un bloqueo mental en medio de una conferencia frente a un auditorio atiborrado de estudiantes, académicos y profesionales. Desde entonces, siempre trato de llevar mi intervención escrita.

La imagen que las personas tienen del trabajo que realizo creo que se desprende de lo que publico en las redes sociales. Y no dejan de tener razón. Hace unos años descubrí el extraño placer de escribir a diario unas líneas sobre lo que me acontece en lo personal o en lo profesional. Sin embargo, suelo mezclar la realidad con un poco de ficción para no hacer las cosas tan aburridas.  Por fortuna, hasta ahora nunca he perdido el entusiasmo por lo que hago. Soy un optimista incorregible impulsado por el principio de la esperanza.

Lo mejor de mi trabajo, sin duda, es la capacidad de vincularme con una amplia fauna de creadores, académicos, investigadores y estudiantes, tanto de manera presencial como virtual, y de enlazar lo profesional con la amistad. Adicionalmente, me complace tener uno de esos extraños trabajos que me permiten desenvolverme pisando poco o nada mi oficina. Maravillas de tener todo en la “nube” y dispositivos que se conectan a ella.

Uno de los mejores días en el trabajo que recuerdo fue cuando logré adquirir la casa sobre la que se encuentran Solar y Ermitaño hoy en día. Fue una extraña casualidad. Había ahorrado para comprar un pequeño departamento tras mi divorcio. Era para lo que me alcanzaba. Sin embargo, al buscar anuncios de departamentos me encontré con uno que ofrecía una casa a un precio irrisorio. No hice caso y continué buscando, pero mi vista regresó una y otra vez a ese anuncio. Seguro de que se trataba de un error, llamé para desengañarme y me encontré con que ¡era verdadera la oferta! No fue fácil; tuvo algunas complicaciones concretar la adquisición. Sin embargo, meses después pude entrar a esa casa de ensueño, construida en 1935, con las llaves en la mano. Eso le dio un giro mayúsculo a mis proyectos.

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a escuchar música, leer y escribir, pasear con la familia o dormir.

Me apasiona la futurología. Parte de mi tiempo lo dedico a leer sobre nuevos avances en ciencia y tecnología. Creo que los tiempos del libro convencional, tal como lo conocemos tanto en papel como en electrónico, llegarán más pronto que tarde a su fin, aunque desearía equivocarme. Me consuela saber que no viviré para atestiguarlo, pues el libro tiene, si no larga vida, sí la suficiente para que sigamos regocijándonos con las páginas impresas hasta el día de mi muerte. Probablemente el libro como objeto, y  como objeto de arte, perdurará mucho tiempo más, mientras haya quienes se apasionen con las artes y oficios del libro y les den vida. Eso sí, si un día logro jubilarme, querré pasar el tiempo que me queda leyendo, escuchando música, escribiendo, haciendo fotografía y durmiendo mucho, de ser posible en alguna playa tranquila.

La última comida de la que he disfrutado ha sido la de anoche, en que cenamos pozole con motivo del 32 aniversario de Solar y Ediciones del Ermitaño. Sin embargo, en general me encanta la comida acompañada de buen vino o cerveza, de un buen tequila o mezcal. Respecto a la música, hace mucho que no voy a un concierto, pero me gustaba ir a escuchar música clásica u ópera, o bien a un concierto de rock. Esto último lo dejé de hacer porque tengo dañados los oídos y eso hace insufrible la descarga de decibeles en vivo. El último al que asistí y del que tuve que retirarme recién iniciada la función fue el de AC/DC en la Ciudad de México. También solía ir con frecuencia al teatro. Dejé de hacerlo por la cantidad de actividades que se llevan a cabo en nuestros espacios ermitaños y solariegos donde, claro, tenemos conciertos y obras de teatro con frecuencia. Por otra parte, como buen melómano, he instalado un sistema que me permite escuchar música en cada rincón de la casa y de mi oficina desde el amanecer hasta el anochecer. Finalmente, tener una pequeña de seis años lo ata a uno a casa, lo que no lamento en realidad. Hay que considerar que la Ciudad de México se ha convertido en una megalópolis cuyo tráfico es insoportable. Si uno quiere ir a divertirse, lo piensa dos veces. La tortura del desplazamiento de un lugar a otro puede matar el goce de la experiencia.

Datos de ubicación/contacto:

Ediciones del Ermitaño y Solar Servicios editoriales. Calle Dos No. 21 . Colonia San Pedro de los Pinos, Del. Benito Juárez.

Librería del Ermitaño Calle Dos No. 36 bis . Colonia San Pedro de los Pinos, Del. Benito Juárez.

Web Editorial ; Web Librería

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Twitter Alejandro Zenker

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