Precio y valor en la cultura. Alberto Manguel

Si aceptamos… la prioridad de los valores económicos, cambiamos nuestra relación con todas las actividades creativas. Si la ganancia financiera es el objetivo final, entonces lo que buscamos es cierta especie de perfección: la producción de artefactos que puedan convertirse fácilmente en dinero. Es decir, en un mundo en el que el valor monetario es la medida de todas las cosas, las obras de arte que no ofrecen en sí mismas una gratificación financiera inmediata, que requieren procedimientos largos y difíciles, que no pueden ser definidas mediante etiquetas o bytes de sonido, y que no generan beneficios comerciales a través de complejos vericuetos estéticos, éticos o filosóficos, deben ser descartadas o, al menos, recibir muy poca atención. El fracaso, cuya aceptación es inherente a cualquier actividad creativa, es visto, bajo esa luz, como anatema, así como las creaciones poéticas que Shelley llamó “criaturas de la inmortalidad”, puesto que la ley económica exige que cualquier cosa creada cargue con su propia mortalidad, su fecha de “caducidad” que determina hasta cuándo la cadena de producción puede continuar vendiendo sus productos. Las cualidades artísticas de una obra deben someterse al gusto de la mayoría o, en determinados casos, a un supuesto gusto “elitista” al que la mayoría puede, según le han dicho, acceder por una determinada suma de dinero. Bajo la evaluación común del valor económico, todos los otros valores se desdibujan o desaparecen. Esta necesidad de consumir no se genera mediante la creación de nuevas áreas de exploración intelectual y emocional a cargo de la obra de arte en sí misma, sino por medio de campañas planificadas que, inspiradas en estadísticas e investigaciones de mercado, logran inventar una prehistoria de anhelos por algo que más tarde se producirá deliberadamente para satisfacerlos. (Alberto Manguel; Nuevo elogio de la locura; Lumen, pag. 26-27)

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