Función de la literatura. Eloy Tizón

En una línea memorable de Al faro, la gran Virginia Wolf escribe:

«Y todo el tiempo, mientras ella explicaba que la mantequilla no estaba fresca, uno estaría pensando en los templos griegos, y en cómo la belleza les había visitado allí»

Pues bien, la literatura es ese fenómeno paranormal que a veces ocurre en el espacio que media entre la mantequilla caducada y los templos griegos. El cortocircuito que se produce entre la banalidad de la leche rancia y lo sublime del mármol. Algo que está a medio camino entre el frigorífico y el resplandor de los sueños. O, para decirlo con palabras equivalentes de Felisberto en Tierras de la memoria: «Entre el infinito y el estornudo».

Es difícil asignarle a la literatura una función práctica, dado que lo más probable es   que la literatura no sirva para nada, ni mejore ni empeore a nadie, aparte de recordarnos (y no es poco) que la belleza, alguna vez, ha venido a visitarnos. (Eloy Tizón; Herido leve. Treinta años de memoria lectora; Páginas de espuma, pag. 55)

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