Oda a las librerías normalitas. Begoña Oro

Al amigo Paco (Goyanes) Cálamo le entrevistan en Jotdown. Sensato y con ese punto de acidez y retranca que me gusta.

Dice Paco en la entrevista:

Creo en las librerías como un sitio democrático, donde la gente va, opina, recomienda, es recomendado, etcétera. Pero luego también me sucede otra cosa. Hace unos años, una escritora de libro infantil que se llama Begoña Oro, escribió en su blog un artículo precioso que se llamaba «En defensa de las librerías normales», que me pareció hermosísimo y estuve muy de acuerdo.

Y allí me voy a recuperar y leer esa entrada, oda a las librerías normalitas, de Begoña en su blog. Begoña escribe:

A las librerías normalitas no se entra con la cabeza gacha, y si alguien, alguien que no ha tenido el privilegio de familiarizarse con estos espacios, si alguien entra así, en estas librerías, lo primero que hacen es quitarle un peso de encima. ¿Cómo? A veces no haciéndole ni caso, cuando detectan que eso es lo que el cliente prefiere; otras veces, ofreciendo ayuda o adelantando pistas como quien no quiere la cosa… El librero de la librería normalita, cuando pasa el lector de código de barras por aquella novela romántica tan llena de clichés o por aquel best-seller juvenil que han llevado al cine o por el último libro de Masterchef, no levanta la ceja ni resopla, que para eso tiene esos libros en la tienda, para venderlos. En ese momento, puede suceder que el cliente convenza al librero de que debe leer ese best-seller juvenil porque realmente es “la hostia”, que es un concepto filológico que se maneja con soltura en la librería normalita. Y al final, el librero, que está abierto a todo, a la ruina, a los comerciales, al aprendizaje, a la felicidad por un buen libro y a la felicidad por un libro imposible de abandonar, lee el libro juvenil y le gusta tanto que empieza a recomendarlo él, y el best-seller se hace aún más best-seller, y da gusto cuando vuelve a entrar aquel cliente y el otro y el otro, todos para dar las gracias por la recomendación porque hay que ver lo mucho que les ha gustado. Y el librero sonríe satisfecho, porque fue feliz leyendo el libro y ahora se siente un poco responsable de la felicidad de esos lectores. Y de eso trata un poco ser librero o librera, de felicidad, ya sea subido a un risco o bajo el nunca bien ponderado cobijo que da un rebaño.

Ahora, después, los espacios de felicidad, aunque sea pequeña, serán importantes, imprescindibles. Las librerías, algunas, lo serán también.

Acceso a la entrevista completa en Jot Down.

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