La felicidad del Editor. Ernesto Ferrero

Quizá haya que empezar justo por aquí, por la felicidad. De la felicidad tenemos una idea tímida e intermitente. Hablar de ella es difícil, es como hablar de Dios. Toda palabra la empobrece, disipa su encanto. Resulta imposible clasificarla o cuantificarla. Como mucho, podemos formular perífrasis o alusiones, nombrarla con cautela. De ella no hablamos más que en pasado, cuando nos abandona, tal vez para castigarnos por no haber advertido su presencia. Reza un verso de Cardarelli: «Felicidad, te he reconocido por el paso con que te alejabas».

El Editor nunca nombraba la felicidad. Hablar y escribir son sucedáneos de algo que se nos escapa. Y él quería la felicidad, la exigía con un ímpetu infantil que llegaba a sumir un tono aristocrático. Como un testarudo lutier, la iba construyendo poco a poco; como un impenitente seductor, la sometía a su libido. Los libros eran un mero instrumento para hacer de cada jornada un instante de perfección inigualable, de entretenimiento y alegría. Utilizaba los libros como otros utilizan un piano, unos pinceles, el sexo.

Solo a los ochenta años, durante una larga entrevista con Severino Cesari, el Editor se decidió a dar una descripción parecida a una receta. Ahora sí que se encontraba en condiciones de decir que la conocía bien. Hablaba de ella con afectuosa serenidad, igual que de una vieja consorte:

… el trabajo editorial como yo lo veo: no todos amarrados al duro banco, la edición no puede ser unos trabajos forzados. Si es un trabajo en libertad lo haces de mejor grado ¿no? Quizás lo haces con una pizca de felicidad, ¿no crees? ¿No es éste justamente un trabajo que debería ser feliz? (Severino Cesari; Conversaciones con Giulio Einaudi; Trama editorial, pag. 193)

La felicidad que el Editor perseguía era de tipo langarola, a la vez terrenal y umbría, leve como una hoja, pero de raíces profundas. Era el placer que produce el cuidado de una viña, el levantamiento de un muro, la construcción de una bodega o del establo perfecto. Era la satisfacción de perseguir algo que nos espera más allá del horizonte de lo conocido, de encontrar antes que nadie lo que está a punto de nacer o madurar. (Ernesto Ferrero; La Tribu Einaudi. Retrato de grupo; Trama editorial, pag. 22)

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